lunes 8 de febrero de 2010

El plan

No duerme desde hace meses. Pasa todo el tiempo elaborando un plan, el plan perfecto para que todo salga como sueña. Hace años que sabe lo que quiere pero no puede empezar a hacerlo ya porque no cree que sea el momento adecuado. Aún no. Y no piensen mal de esa pobre persona; todo el mundo, incluso ustedes, tiene un plan.

Hablaba con alguien hace unos días que le decía: "Oye, tienes que ponerte las pilas que el tiempo corre. A estas alturas ya deberías tener un piso, un trabajo estable y una familia". Y, mientras escuchaba esas palabras, sólo pensaba en lo que quería y en lo que debería. No eran compatibles. Si consiguiera hacer realidad sus suspiros, las imágenes que aguardaban pacientemente en algún rincón de su cerebro, sus sonrisas, alguno de sus latidos... Sin duda compartir esos momentos de felicidad con otros es maravilloso. Eso era compatible. ¿Entonces por qué su debería sonaba tan descorazonador?

¿Que pasa el tiempo? Sí. El tiempo había pasado por su vida y le había quitado muchas cosas. El tiempo y su indecisión, su miedo. Y todo por ese plan perfectamente imperfecto. Porque eso es lo que era. Pensó y directamente desde su memoria lo vio: una tormenta, una canción, un rayo de sol a través de la ventana, una pelea, un metro (quizás un kilómetro), un beso, un vaso de vino, una manta, una carrera, un vuelo... Todo salió bien y nadie trazó ninguna línea de uno a otro. Todo sucedió gracias a un desliz, un momento de debilidad. Muchas cosas buenas habían sido producto de un error en el plan.

Su vida está llena de planes que, irónicamente, no le dejan hacer lo que quiere. ¿Y quién dice que los planes siempre salen bien? ¿Por qué no cerrar los ojos y escucharte antes de perderte por completo? Y caminar; lo importante, supongo, es caminar. Si es con alguien a tu lado, es aún mejor.

A partir de ahora no habrá más planes estrictos que cumplir.

jueves 21 de enero de 2010

Oda a la infancia

- ¿Qué tienes, Zezé
- Nada. Estaba cantando.
- ¿Cantando?
- Sí.
- Entonces debo estar quedándome sordo.
¿Acaso no sabía que se podía cantar para dentro?
Si no sabía yo no iba a enseñarle.


Mi planta de naranja-lima,
José M. de Vasconcelos


Miras todo como si lo hicieras por primera vez,
frunces el ceño porque hay palabras que no entiendes.
Sabes que los Reyes y Papá Noel existen; o el rantoncito Pérez,
que siempre se lleva los dientes de debajo de tu almohada.

Dibujas tu camino con mucha fuerza,
haciendo oir tus pasos al otro lado del mundo.
Sacas bandera blanca si los adultos no te entienden y
tus lágrimas pierden fuerza. Pero nunca bajas la guardia.

Declaras la guerra a tus amigos en la calle;
tus bombas son bolas hechas con platina
o alguno de los frutos que caen de los árboles.
Y, cuando ganas la batalla, te quitas la armadura imaginaria.

Un bocadillo de nocilla es tu recompensa,
y ver los dibujos sentado frente a la tele.
Todas las tardes tienes que hacer los deberes.
Luego viene el baño, un beso y, quizás, un cuento.

En tus sueños eres astronauta, luchas contra dinosaurios;
corres más que Speedy González y cantas canciones en la luna.
No te hace falta ningún disfraz para ser quien quieras ser; de día o de noche.
Eres incluso capaz de desaparecer si te quedas muy, muy quieto.

Todo tipo de sentimientos confluyen en tu interior,
te enfadas irremediablemente si no consigues lo que quieres.
Pero, si lo logras, la alegría traspasa todas las fronteras:
ríes sin control, das saltos por la cocina y tu voz aumenta en decibelios.

No entiendes del todo la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal.
Simplemente te dejas vivir, sin responsabilidades, sin consecuencias.
La vergüenza, el amor, la impotencia o la tristeza no son lo que parecen ser.
Sus definiciones aún te quedan grandes y significan otras cosas.

No te das cuenta de que estos años son un regalo,
que no todos los niños pueden ser niños.
Y empiezas a crecer cuando tus impulsos se convierten en pensamientos.
Cuando tus travesuras desembocan en remordimientos.

Y un día dejarás de lado tus guerras atrincheradas,
tus atracones a golosinas, tus aventuras en el skate, tus rodillas amoratadas.
Poco a poco te convertirás en adulto,
quizás pensando que nunca serás como ellos.

Ojalá no pierdas del todo la inocencia que tanto te costó defender.



A mis primos. Algunos aún viven la maravillosa aventura de seguir siendo niños.
Y para todos aquellos niños a los que, algunos adultos, cortan las alas.

domingo 17 de enero de 2010

Era magia #3

Quedamos aquella tarde para tomar un café, como antes. Hacía tanto tiempo que no lo veía que su imagen se me presentaba difuminada. Su pelo revuelto, sus ojos azules como el mar o su sonrisa extraña y pícara. Y ahora su pecera, supongo. Así con todo me tenía en la palma de su mano. El amor de un hombre entrará por la barriga, pero el amor de una mujer entra por la sonrisa.

Me había hecho reir tanto que era probable que, en el fondo, fuera incluso más joven de lo que realmente decía mi partida de nacimiento. Nacida en ..., a ... de 1982. Y debería añadir en las últimas páginas. "Se debe tener en cuenta que, dependiendo de las compañías y de lo que ellas transmitan a los que aquí figuran, su edad podría sufrir diversos cambios". En la mía sin duda debería constar el tiempo de rejuvenecimiento que me ha regalado.

¿Qué importaba que tuviera una pecera y no un corazón? A muchos el corazón no les había servido de mucho. Recuerden eso de: "No tienes corazón". Así se sentirían, como el hombre de hojalata en el país de Oz, obligado a pasar mil y una calamidades para encontrar algo que ocupara ese espacio vacío.

Y entonces entré en la cafetería y lo vi. Allí sentado parecía un auténtico sueño. Fumaba un cigarrillo y, al soltar el humo, cerraba los ojos muy despacio. Ignorando el mundo que le rodeaba. Disfrutando de unas caladas perfectas, en su cafetería favorita. No creo que eso les viniera muy bien a sus peces pero qué importaba.

- Hola.

- ¡Hola!

- Una pecera...

Allí estaba. Con una pequeña pecera bajo su camisa de cuadros, en cuyo interior había un solo pez. Me la dio y me dijo: "Si tienes la sensación de que todo va mal, sólo tienes que meterla bajo tu camisa". ¿Qué hay más mágico que un pez de colores capaz de alegrar tu vida metido en una pecera totalmente vacía, haciendo lo que mejor sabe hacer: ser un pez? Su magia seguía intacta. Y nos quedamos los 4- él, el pez, Louis Armstrong y yo- entre el humo del cigarro, una burbuja llena de sonrisas y el sabor de un buen café.


lunes 11 de enero de 2010

¡Peces! # 2

Eso es lo que hizo que su corazón se paralizara durante aquella mañana. ¿Peces? Pensarán ustedes que está loco, pero no. Más cuerdo que tú y que yo. Asi mismo me lo dijo por la tarde, cuando me llamó por teléfono.

- Oye, que esta mañana tuve la certeza de que iba a morirme porque el corazón dejó de latirme.
- ¿Cómo?
- A ver. Esta mañana me desperté y se me paró el corazón durante unos minutos. Pensé que estaba muerto.
- Estás como una cabra.
- Más cuerdo que nunca, amiga. Y te digo algo: loco o no, al menos ahora sé lo que me pasa.

Y se hizo un silencio. Yo miraba la tetera y pensé que si fuera de dibujo en ese mismo momento se desplazaría con un gracioso y ligero saltito hacia el otro fuego de la vitro que aún no había encendido, llameando y llamándome la atención por ser una desconsiderada, por no hacer caso a mi amigo del alma. Y soltaría una fina humareda directa a mis ojos. Así se enfadarían las teteras.

- Tengo peces.
- No te entiendo, en serio, ¿estás bien?
- Todo lo bien que pueda estar una persona que en vez del corazón tiene una pecera. La primera vez que se me paró estaba en el baño. Volvió a latir al cabo de un rato. Supongo que fue un aviso. Pero las peceras no laten y mi corazón ya es una pecera.

Es mi amigo casi de toda la vida y siempre suele sorprenderme con sus historias. Extravagantes y mágicas. Además, me encanta que lo haga porque abre la puerta de la niñez que hace tanto tiempo cerré. Aunque, siceramente, esta vez me estaba poniendo muy nerviosa. No había sonrisitas ni voces de ultratumba. Era una confesión secreta en toda regla, como cuando me dijo que se había enamorado de su vieja y bigotuda profesora de matemáticas. Una pecera dice...

-No tienes una pecera por corazón. Quizás sí que tienes una pecera en lugar de un cerebro. Ya está bien. Tengo mucha prisa. Nos vemos esta noche.

Y colgué el teléfono con mucha rabia. ¿Pero qué pasaba si tenía razón? ¿Y si tuviera una pecera? ¿Eso significaba que se podría enamorar de un pez? ¿Y si empezara a comer comida para peces? No sé cuál sería la letra pequeña de tener una pecera en el lugar que ocupa un corazón.

sábado 2 de enero de 2010

Y de pronto... #1

... el corazón se le paró. No intuía su lento movimiento, casi imperceptible, bajo los botones de su camisa. Acercó su mano hasta su pecho, dudando si estaba en la parte derecha o en la izquierda. Hay gente que no le da importancia a las pequeñas cosas. Y recordó aquellos momentos en los que le latía a mil por hora, cuando se la encontraba por sorpresa, cuando le daban una buena noticia, cuando fue a pedir su primer trabajo.

Ahora no había nada. No notaba nada.

No había ninguna prueba de que estuviera muerto pero tampoco la había de que siguiera vivo. Y se quedó en el cuarto de baño, mirándose fijamente por si al bajar la mirada pudiera desaparecer.

De saber que se iba a morir hubiera echado toda la traca que le quedaba. Hubiera comido más grasas, hubiera puesto en su sitio a gente que se lo merecía, hubiera hecho alguna gamberrada de esas que olvidó porque ya era mayor. Probablemente esta misma semana hubiera fumado más y bebido más.

Seguía sudando, apoyado en el lavamanos. Se había quitado la camisa y repiraba con dificultad. ¿Y si vivía y tenía que ir por ahí con un corazón que no latía? Peor aún, ¿y si sólo había quedado un hueco vacío? Podía vivir con un órgano estropeado pero con ese hueco vacío...

Y después de unos veinte minutos de una inútil y vaga desesperación, los veinte minutos más largos de su vida, su corazón volvió a retomar su ritmo, desacompasado y melancólico.